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La amante del zar Vladimir pone a prueba a Ucrania

Solar, pero muy tímida”. Alina, compañera de equipo de la atleta italiana Laura Zacchilli en 1998 en Fano, hoy la recuerda así, se apellida Kabaeva: 38 años, fue una estrella de la gimnasia rítmica rusa, oro olímpico en Atenas y muchas otras medallas en su palmarés. Entonces miembro de la Duma, ahora defiende a los atletas de Moscú “de la vergüenza de la descalificación del COI” y dice que Rusia “ha decidido proteger a Donbass y Lugansk de los nazis”. Al igual que Vladimir Putin, cuya pareja “secreta” y madre de cuatro hijos es acreditada por las habladurías de los medios internacionales. Gran parte de la vida privada de la ex estrella de la gimnasia rítmica está envuelta en la intimidad, aparte de sus estrechos vínculos con su antigua entrenadora, Irina Viner, convertida en la señora Usmanova y también orgullosa partidaria de la línea del Kremlin.

No se ha confirmado ni desmentido la noticia de su traslado a Suiza. Pero en una entrevista concedida a Tass, fechada en Moscú y relanzada por Kabaeva en su perfil de Instagram hace 48 horas, la defensa de Rusia de Occidente es toda una evidencia. “Creo que nunca ha habido una página más vergonzosa en la historia del deporte mundial”, la acusación de Kabaeva sobre la prohibición de los deportistas. “No les importó y no sacaron de la competencia a ningún país que participara en la destrucción de cientos de miles de civiles en Yugoslavia, Irak, Libia, Siria. Pero los funcionarios deportivos se enfadaron mucho cuando Rusia decidió proteger Donbass y Lugansk de los nazis.” Kabaeva, que también fue portadora de la antorcha en la ceremonia de apertura de Sochi, cita el caso del dopaje ruso como prueba de persecución, de un deseo de “humillar a los rusos”. Una defensa deportiva, en definitiva, con tintes claramente políticos.

“Kabaeva era una estrella absoluta de nuestro deporte”, dice Zacchilli, que la tuvo como compañera de equipo en Aurora Fano durante dos años: nacida en Uzbekistán, Alina fue entrenada por Viner, una uzbeka de Samarcanda, que ahora es presidenta de la federación rusa de gimnasia y esposa de Aliser Usmanov, el hombre más rico de Rusia. Llegó a Italia como extranjera en 1998, a la edad de 15 años, dando a Fano dos campeonatos. “En aquella época aún no era famosa, pero enseguida se veía que tenía grandes aptitudes -dice Zacchilli, la actual entrenadora. No se entrenaba todo el tiempo con nosotros: llegaba dos o tres días antes, trabajábamos juntas, la competición, y al día siguiente se iba a Rusia. Hablaba poco inglés, pero se expresaba con sonrisas y afecto entre los adolescentes. Zacchilli recuerda que la pequeña Alina “tenía una expresividad y una fluidez de movimientos poco comunes en la pista: pero luego, cuando salia, se convertía en una niña tímida. Recuerdo que empezaban los aplausos del público, ella bajaba la cabeza y su entrenador tenía que empujarla de espaldas y arrastrarla al centro del escenario para que se llevara ese homenaje”. Con nosotros”, recuerda la ex campeona italiana, “era alegre y sociable: no era una de esas campeonas que te evitan porque se sienten superiores. Saludaba a todo el mundo, e incluso después, cuando se convirtió en una estrella”.

Zacchilli y Kabaeva se encontraron de nuevo dos veces, y en ambas ocasiones fueron saludos y un abrazo. “Alina debería haber ganado el oro ya en Sídney, un pequeño error y fue medalla de plata.
Pero en 2004, en Atenas, dominó la escena. Yo también estaba compitiendo”, recuerda Zacchili, que se quedó a las puertas de la final, “y nos encontramos al borde de la pista: esa vez también fue amistoso y agradable, un rápido saludo y buena suerte el uno al otro. En 2017, volvió a Pésaro como embajadora de los Campeonatos del Mundo, entregando a la italiana Milena Baldassarri el ‘premio Kabaeva’. “Allí también fue un cruce rápido y un abrazo entre sonrisas”. Pero el vínculo, soleado y afectuoso, se fue enfriando por las distancia, no sólo geográfica. Por lo demás”, concluye Zacchilli, “no mantuvimos el contacto: no sé mucho de su vida fuera de la gimnasia. ¿Putin? Creo que es feliz, y me alegro por ella. Es su vida privada…”.

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