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Desde el Reino de la Corte a la Corte del Reino

Boris Becker, a 54 años de edad, deberá descontar una condena de dos años y seis meses -cumplirá la mitad- tras haber sido declarado culpable el pasado 8 de abril, en el Tribunal del Municipio de Southwark, Londres, de cuatro cargos, en virtud de la Ley de Insolvencia

En 2007, en el anodino entorno de un hotel del centro de Londres, comenzó un importante torneo de pocker. Entre los jugadores presentes, sentados alrededor de las mesas esperando el primer reparto de cartas estaba Boris Becker, el tres veces campeón de Wimbledon, patrocinado en dicha ocasión por los organizadores de Pokerstars (“Estrellas del pocker”).

Con la seguridad que siempre le caracterizó, Becker insistió ante un grupo de periodistas en que no había sido invitado sólo para hacer números. Dijo que estaba allí para ganar, como hacía cuando salía a un campo de tenis durante los años ochenta y noventa. Becker añadió que se había convertido en un experto jugador de naipes. Cuando se le preguntó si daba al pocker el mismo entusiasmo con el que jugaba al tenis, considerando que Becker no era alguien que se le imaginara barajar, se mostró despectivo. “Sé controlar mis emociones”, dijo. “En realidad tengo una muy buena cara de póquer”.

Resultó que no era tan bueno. Perdió en la primera ronda. Como ocurrió en la mayoría de los torneos de pocker profesional en los que compitió durante los siguientes 10 años. Y a pesar de sus insistentes bravuconadas, la posición más alta que registró fue la 40ª. Es posible que se considerara un pez gordo, pero la verdad es que en el juego de pocker era un segundón.

Y para quienes le conocen mejor, hay una actitud típica de Becker.

“Puedo describir a Boris muy rápidamente”, dijo una vez su antiguo entrenador Nick Bollettieri. “Sabía mucho. Lo que no sabía, creía que lo sabía, e intimidaba a la gente haciéndoles creer que lo sabía”.

El hecho de no ser tan inteligente como cree, es parte de la razón por la que Becker, a 54 años, se encuentra en prisión, para comenzar una condena de dos años y seis meses -de los cuales cumplirá la mitad- tras ser declarado culpable el 8 de abril de cuatro cargos por el Tribunal de la Corona de Southwarken, en virtud de la Ley de Insolvencia.

En junio de 2017, Becker se declaró en bancarrota, por un préstamo impagado de 3,5 millones de libras al banco privado Arbuthnot Latham, para comprar una villa en Mallorca. Pero el tribunal determinó que, en lugar de intentar realmente pagar su deuda, Becker había ocultado deliberadamente millones de libras de activos antes de declararse en bancarrota.

Entre ellos se encontraban sus trofeos de tenis, dinero en efectivo en cuentas bancarias que decía desconocer, además de un par de propiedades que “no sabía” que poseía. El engaño fue transparente. Así, el mejor tenista de su generación tropezó y cayó en prisión.

¿Pero cómo llegó Becker a esto? ¿Cómo es que el hombre que acumuló más de 38 millones de libras esterlinas en premios con patrocinios en el circuito de tenis, y luego disfrutó de una lucrativa segunda carrera como comentarista de televisión y entrenador de gran éxito, haya acabado en semejante lío financiero? ¿Qué le llevó a pensar que podía salir triunfador?

La respuesta está ahí,para cualquiera que haya visto a Becker jugar con el azar. Creyó en su gloria deportiva para salirse con la suya. El problema es que, cuando se juega con la suerte, Boris Becker no es un campeón. Como dijo el abogado de su ex esposa Barbara, Samuel Burstyn, durante su largo proceso de divorcio: “Si Boris tuviera algo más que encanto y pelotas, sería realmente peligroso”.

Becker irrumpió en la escena mundial en 1985, ganando Wimbledon por primera vez a los 17 años

Sin embargo, hay que reconocer que Becker sabia jugar muy bien al tenis y para decir poco, era el mejor. Desde el momento en que llegó al campo de Wimbledon en 1985 y ganó el título a sólo 17 años de edad, quedó registrado para siempre en la historia deportiva. Durante los decenios siguientes, por 15 años fue el tenista más fuerte del circuito profesional. Boom Boom Becker, Baron Von Slam y Der Bomber fue apodado por la ferocidad de su juego, al ganar seis títulos de Grand Slam.

Tres veces triunfó en el césped de Wimbledon. Y el público lo adoraba cuando lo hacía. A veces, era petulante, insultaba a los árbitros, lanzaba su raqueta al piso cuando perdía un punto. Pero su energía, su carisma y sentido del humor resultaban irresistibles. Como hablaba con fluidez el inglés, fue apodado el “alemán favorito de Gran Bretaña”, tal como bromeó una vez sobre el apodo, era “el primero de una lista corta”.

Mucho tiempo después que se retiró, la popularidad de Becker entre el público británico era evidente en las gradas del campo central, donde se le podía ver con regularidad encantado con alguien a quien no conocía antes de invitarlo a su casa, sin duda para continuar una discusión sobre las decisiones de los árbitros.

El público se enamoró del dinamismo del alemán en la cancha


De hecho, desde los primeros días, Becker parecía disfrutar más de su estancia en Gran Bretaña que de su tierra natal. Después de casarse con la modelo y actriz de color Barbara Feltus en 1993, sufrió un terrible abuso. Becker, el hombre más famoso de Alemania de entonces y adorado por su aspecto rubio y germánico, fue considerado por una minoría vociferante de sus compatriotas, como un traidor a sus raíces. La gente le gritaba durante los torneos que Barbara era una “bruja negra”. El día de su boda, un titular de un tabloide alemán se lamentaba: “¿Por qué, Boris? ¿Por qué no eres uno de nosotros?”.

La pareja dejó Alemania para llevar una vida peripatética en Mónaco, Florida y Londres. No es que Becker le fuera del todo fiel a Feltus una vez que abandonaron el país. Su matrimonio ya tambaleaba en julio de 1999, cuando anunció su retirada del juego tras perder contra Pat Rafter en Wimbledon. Y mientras Feltus le esperaba en casa, Becker se fue de juerga a la ciudad.

Nueve meses después, la resaca llegó. Una modelo rusa llamada Angela Ermakova afirmó que Becker la había dejado embarazada durante una breve cita en -según la leyenda- un armario de escobas del restaurante Nobu, en Knightsbridge. El resultado fue una niña, Anna. Tras intentar inicialmente desligarse, alegando que nunca había conocido a Ermakova y la niña no podía ser suya, Becker se vio obligado, tras una prueba de paternidad positiva, a aportar más de 2 millones de libras para financiar la crianza de su hija.

La aventura del Nobu no fue un incidente aislado. Con su esposa Feltus había firmado un acuerdo prenupcial de 1,92 millones de libras esterlinas, y alegó muchas faltas para presionar por un acuerdo de divorcio resultante de 11 millones de libras, que incluía la finca de la pareja en Florida, de 2,5 millones de libras. Tras el divorcio, Becker pemanecía a menudo allí para visitar a sus hijos, todavía en términos amistosos con su exposa.

Boris recibió malos tratos tras casarse con Barbara Feltus

“Nadie se enemista con Boris durante mucho tiempo”, dijo uno de sus viejos amigos. “No puedes evitar perdonarle”. Pero aunque sus compañeros lo apoyaron, el dinero empezaba a escurrirse. Y no había nadie a su alrededor para frenar sus hábitos de derroche.

En 1997, cuando su matrimonio empezaba a desmoronarse, Axel Meyer-Wolden, el director de negocios de Becker, murió de cáncer. Dos años más tarde, su padre, Karl-Heinz, una fuerza estabilizadora durante toda la carrera de Becker, también murió.

Karl-Heinz había animado al joven Boris a trabajar sin descanso durante su adolescencia para llegar a ser profesional. Decidido y motivado, Becker nunca se dejó llevar por los experimentos habituales de la juventud ni cometió errores que suelen cometer los jóvenes. Como hizo Tiger Woods cuando perdió a su padre, pero sin su ancla, Becker se soltó. Retirado del juego y sin necesidad de mantener la disciplina competitiva, se dedicó a la autocomplacencia, prosperando en el aparente caos de una vida emocional imprudente. Su segundo matrimonio, con Lilly Kerssenberg, la madre de su hijo Amadeus, se derrumbó entre acusaciones de infidelidad. Como dijo uno de sus muchos amigos: “A Boris no le gusta jugar con las reglas”.

Becker y Lilly Kerssenberg se separaron en 2018 para poner fin a nueve años de matrimonio

Fue un planteamiento que se extendió a sus gestiones financieras. Sin el asesoramiento de Meyer-Wolden, Becker era asombrosamente derrochador. Durante 10 años, en la década de los noventa, alquiló una importante casa en Wimbledon, pagando 22.000 libras al mes. Como decisión financiera, no tenía sentido: La propiedad londinense estaba acelerando su valor como nunca antes y en lugar de invertir en ella, estaba tirando el dinero en el alquiler.

Pero siempre prefirió las inversiones más riesgosas a las sencillas. Creyéndose capaz de leer el mercado mejor que los demás, Becker no paraba de contar a sus amigos las nuevas oportunidades que perseguía en las criptomonedas o en las minas de oro nigerianas. Al igual con el pocker, sus elecciones rara vez fueron ganadoras. Cuando fue condenado a principios de este mes, la magnitud de su mala gestión quedó clara: además del préstamo impagado, Becker debía 4 millones de libras a las autoridades suizas y unas 800.000 libras en concepto de responsabilidades por una condena por intento de evasión fiscal en Alemania.

Novak Djokovic y Boris Becker

Como entrenador, Becker ayudó a Novak Djokovic a convertirse en un ganador en serie
Aun así, le queríamos. Fue un comentarista muy admirado de la cobertura de Wimbledon por parte de la BBC durante más de 15 años. Fue capitán del equipo en “They Think It’s All Over”. Fue columnista en un periódico, parpadeando con encanto incluso cuando no cumplía el plazo de entrega. Se convirtió en un entrenador de éxito, utilizando su amplia experiencia para ayudar a convertir a Novak Djokovic de aspirante a ganador en serie. Becker no trató de mejorar la técnica del serbio, sólo le indicó cómo ganar. Y así fue cómo prosperó Djokovic, asegurando el Abierto de Australia cuatro veces con Becker en su palco.

A lo largo de todo esto, mientras el dinero desaparecía en pensiones alimenticias, malas inversiones e implacables hábitos de despilfarro, Becker simplemente creyó que el pozo de las ganancias de su carrera nunca se agotaría. O que podía pedir prestado a sus amigos, como era cada vez más frecuente, diciéndoles que sólo buscaba algo que le sirviera de ayuda. Incluso mientras esperaba la sentencia tras ser declarado culpable, fue fotografiado en Notting Hill mirando propiedades con su última novia. Pensó que podía eludir sus responsabilidades con sus acreedores y seguir disfrutando de sus gastos desenfrenados. Al fin y al cabo, era Boris. Vivía con otras reglas. Ahora, finalmente, ha descubierto que se puede perder.

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